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Antes que nada, una declaración de principios. No existe nada que pueda escribir en las siguientes líneas que pueda hacerle honor a la obra de Bill Viola. No importa qué tan bien las logre adjetivar, no influirán los links a sus obras que estarán intercalados. Nada va a importar. Y es que las obras de Bill Viola trascienden la obra de arte. Son experiencias. No basta con presenciarlas, con admirarlas. Toca vivirlas. Ambas veces que he tenido la oportunidad de tenerlas en frente, he querido registrar la vivencia, envasarla, detallarla de forma tal que, al contarla a un tercero, este pueda vivir así sea un fragmento de lo que a mí me dejó. Pero aún quedan cosas en este mundo que hay que vivir para entender, que una fotografía, un artículo o un registro de video aún no son capaces de igualar. Aún la experiencia privada es posible.

 

Bueno, ya hecha la salvedad, a continuación cuento simplemente mi experiencia con el señor Viola.

 

La primera vez que me topé con una obra de Bill Viola, el nombre del artista no estaba dentro de mi registro mental. Recién salido de la universidad, estaba viajando junto a un amigo por Europa y, si bien visitar las obras de los maestros clásicos estaba en el programa, nunca imaginé correr con la suerte de pasar por Venecia en época de la bienal de la ciudad, uno de los eventos de arte contemporáneo más grandes de Europa. Fue una de esas casualidades que hacen memorable un viaje, esas que se escapan de lo previsto y lo tallan en la memoria. Entramos, como transeúntes ingenuos que éramos, en una pequeña iglesia con una capacidad muy limitada. Y ahí estaban. En tres altares que circundaban al visitante, tres pantallas del tamaño de un cuerpo humano completo,  con la más alta definición que he presenciado hasta ahora. De cada una de ellas, a la distancia, se podían percibir en blanco y negro, personas caminando lentamente hacia la superficie. Hasta que, al acercarse lo más que podían, atravesaban una delgada película de agua y, en el acto, cobraban un color vivo, tan vivo como el de cualquiera de los espectadores que tenía a mí alrededor. Ahí permanecían, observándose, observándolo a uno, hasta que volvían a entrar al agua lentamente, y se desaparecían en el fondo, de donde vinieron en primer lugar. Ocean without a shore (Océano sin orilla), se llamaba, y el señor Viola lo explica bastante bien acá.

 

Permanecí durante una hora absorto. La iglesia, el despliegue tecnológico, los dramáticas rostros. Todo eso me hizo pensar en mis seres queridos, los vivos y los fallecidos, en la mortalidad que inevitablemente nos espera a todos. Sentí una conexión como nunca la había sentido con una obra de arte. Me sentí afortunado de poder estar ahí en ese momento y desee que todos mis conocidos tuviesen algún día la oportunidad de encarar algo así en persona.  Y luego salimos y seguimos el largo recorrido de arte que un evento de tal envergadura supone. Vimos muchas otras obras, demasiadas diría yo. Pero la obra de Bill Viola permaneció en mi cabeza incluso hasta después de haber vuelto a mi hogar en Venezuela.

 

Un par de años después, ya en 2009, tuve mi segundo encuentro con Bill Viola en los salones de la maestría de cine documental que estaba cursando en Buenos Aires. Ya con algo más de bagaje académico y criterio artístico conocí The Passing, una obra insigne del cine documental autorreferencial; esa vertiente en la que el autor se involucra como personaje en su película, toca temas personales e íntimos y, en líneas generales, hace terapia y catarsis frente a la cámara. ¿De qué trata The Passing? Pues trata de muchas cosas. Motivado por el nacimiento de su hijo y el inminente fallecimiento de su madre (los dos aparecen en la película), el señor Viola reflexiona acerca de la vida, la muerte, el paso entre ambos, la posteridad, la soledad y montones de otros temas universales, todo realizado casi artesanalmente, con video en blanco y negro. Sin dejar de lado su ya casi marca registrada de explorar la simbología del agua en sus obras, de mojar a sus personajes, a veces para purificarlos, a veces para hacerlos renacer, a veces para simbolizar el umbral entre el acá y el más allá. En The Passing, él mismo se sumerge en el líquido vital poniendo en remojo su alma, luego de 50 minutos de exponerla para el que quiera verla.

 

 

Cuadro a Cuadro

 

*El Parque de la Memoria es un espacio público situado en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires, erigido con el fin de recordar a las víctimas del terrorismo de Estado en Argentina entre los años 1976 y 1983. Inaugurado en 2007, su principal obra es el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, un gigantesco muro  donde están los nombres de cada uno de los desaparecidos y asesinados. Además cuenta con numerosas esculturas conmemorativas.

 

 

 

 

Bill Viola nació en Nueva York en 1951. Reconocido internacionalmente como uno de los artistas más importantes de los últimos 40 años, la producción de Viola fue fundamental para establecer el video como una forma vital del arte contemporáneo, expandiendo su alcance en términos de técnica, contenidos y alcance histórico. Sus instalaciones de video –con ambientaciones que envuelven al espectador en un lenguaje de imagen y sonido propio- utilizan tecnología de última generación y se distinguen por su precisión y simplicidad. Los mismos se encuentran expuestos en museos y galerías de todo el mundo. Su trabajo puede verse en http://www.billviola.com

 

 

 

Bill Viola en tres tiempos

Por Pedro Camacho

Si con la exposición de la Bienal, me extasié al conocer a Bill Viola, durante la maestría tuve el placer de recibir cátedra indirectamente de él, a través de su forma de ver el cine. The Passing se asemeja al tipo de cine que fui descubriendo que yo mismo quería llegar a realizar, ese que de lo personal y de lo íntimo tiene el potencial de extrapolarse hacia los temas esenciales de la vida, que genera conexiones con el espectador sin importar su procedencia.

 

Desde ese entonces, siempre he estado pendiente de su obra, siempre a la espera de que desembarcase algún día en tierras argentinas. Hasta ahora. El pasado 6 de julio se inauguró Punto de Partida, la primera exposición individual de Bill Viola en el país, compuesta por siete videoinstalaciones, siete joyas del videoarte. ¿Cómo sé que son joyas? Pues porque fui a verlas, por supuesto. Una fría tarde de sábado me encaminé hacia la sala PAyS (Presentes Ahora y Siempre) del Parque de La Memoria*, escenario seleccionado para exhibir la muestra. Las videoinstalaciones, como expliqué al principio, son difíciles de describir, así que lo dejaré en las propias palabras de Marcello Dantas, el curador. Por mi parte, sólo puedo decir que fue una experiencia muy gratificante, con la usual mezcla de despliegue tecnológico, misticismo y gente empapada en agua a la que el señor Viola nos tiene acostumbrados a los que seguimos con fervor su obra. En lo particular, me quedo con dos: Acceptance y Observance. La primera, muy al estilo de Ocean without a shore, muestra a una mujer mayor caminando desnuda hacia el espectador, superando una barrera de agua que la mantiene sumergida. La segunda, presenta a una fila de personas acongojadas, cual velorio, ante un dolor que las embarga, un dolor que, como espectadores no podemos observar, ya que Viola ubica la cámara desde la posición del ente observado. Somos los observados por la fila de personas en pena. Para recapitular la idea, joyas del videoarte.

 

La incapacidad para explicar fielmente en palabras la obra de Bill Viola o de tantos otros artistas contemporáneos es, en realidad, algo gratificante. Me hace sentir que formo parte de un grupo de personas que, con toda seguridad, jamás podrá olvidar las veces que ha podido vivir la experiencia en persona. Ya sea un transeúnte pasajero, un estudiante de cine o un aficionado de la obra de este gran artista, la vivencia será memorable. Yo he sido esas tres personas y puedo dar fe de ello. 

Cuadro a cuadro

 

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