Entre Letras y Signos
Miguel Hidalgo Prince es un joven cuentista venezolano, egresado de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, cuyo recorrido por el mundo literario de la Caracas contemporánea ha resultado moderado, pero pertinente, pues, ha participado en distintos concursos literarios como los que organiza Sacven (Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela), también los concursos de la Policlínica Metropolitana, entre otros, y sus relatos han destacado entre los participantes obteniendo menciones honoríficas y segundos lugares. Su primer libro publicado, Todas la batallas perdidas, recoge diez de estos relatos que han circulado por los concursos literarios de Venezuela. Recientemente, Miguel Hidalgo resultó ganador con su nuevo libro El rey de la pista en la II Bienal Literaria “Julián Padrón”; es un libro que esperamos ansiosos caiga en nuestras manos, para deleitarnos con el conjunto de relatos que reúne. Sin embargo, en esta ocasión dedicaremos esta sección a un relato de Todas las batallas perdidas;
el cual se destaca porque es un libro de cuentos y no una compilación azarosa de relatos, ya que a pesar de que el libro no fue planeado desde un principio, los cuentos van hilando un conjunto de personajes que libran esas batallas al unísono de la resignación, como un ejército de seres lamentables que luchan contra sí mismos, contra el tiempo y la realidad, creando para quien los lee una atmósfera de pesimismo, que trae como consecuencia (a veces placentera y a veces torturadora) la compasión, y además un sentido de unidad en la obra. Sin embargo, estos personajes, en ese intento de fuga, obtienen una suerte de victorias que les funcionan como consuelo ante la miseria y la desolación de los mundos ficcionales en los que viven. El propio autor dice refiriéndose a ellos que “…todos los personajes…asumen una derrota que, digamos, los depura de cualquier tragedia, no tienen un sentido tan trágico de la vida…son unos perdedores cotidianos…que sienten que algún pequeño placer que puedan conseguir, que puedan extraer de la vida…es una victoria”.
En cuanto a la prosa de Miguel Hidalgo Prince, creo que la mejor referencia que podemos señalar son las palabras que le dedica el escritor Carlos Sandoval en el epílogo de su libro, cuando dice que su escritura posee “profesión (dominio de los materiales narrativos) y competencia (sensibilidad para plasmar hechos fundamentales)”
Es por eso, que en esta ocasión la revista La Letra Convexa se complace por compartir en su sección literaria uno de estos relatos, con ánimos de acercar al público internauta la poesía escondida entre las miserias cotidianas, y las batallas perdidas de Miguel Hidalgo Prince.
Por Luis Reinaldo Mancipe León
Tarde de perdedores
Por Miguel Hidalgo Prince
Nuestro uniforme había costado una fortuna y era de un hermoso amarillo pollito. Estábamos eliminados del torneo desde el segundo partido de la primera ronda. El primero fue contra la Escuela de Medicina. Nos dieron un amargo paseo de siete a cero. En el segundo nos fue peor y caímos ante la selección de Veterinaria. Doce goles en contra y un redondo cero a nuestro favor. De consuelo, y para que se terminaran de acomodar los grupos que clasificarían a la siguiente ronda, nos quedaba un tercer compromiso. Nuestros verdugos definitivos serían los Empleados, la selección compuesta por vigilantes, porteros, y encargados de la limpieza y mantenimiento de la facultad.
Yo jugaba de defensa porque no sabía mover el balón y porque era el más gordo de todos. Raúl y Matías iban en los laterales para hacer los centros y armar las jugadas. Pero los dos eran derechos y tenían que turnarse la izquierda, nuestro punto débil. Raúl era el jíbaro[i] de la facultad y hasta ahora no he conocido a nadie que sepa más de drogas que él. Matías era un pesado, pero tenía un sentido deportivo inmejorable. Goyo era el delantero y nuestro capitán. En las prácticas se destacaba, pero a la hora de la verdad, se enredaba solo. En lo que iba de torneo no había concretado nada para su cuenta personal. Lo más cerca que estuvo de anotar, fue en el partido contra Medicina. Estrelló el balón contra el travesaño y el rebote terminó aventajando al equipo contrario, que aprovechó el despiste y nos encajó el tercer gol. La gran parte de la culpa la tuvo el mismo Goyo por jugar en solitario y no pasarla nunca. Nuestro arquero era Enrique, el más experimentado de todos. Sabía parar los chutes, pero cuando se molestaba por nuestros errores, comenzaba a jugar mal y era entonces cuando empezaban a llover los goles. Y también estaba Beto, nuestra veintiúnica[ii] opción de cambio en la banca. Tenía toda la actitud necesaria, pero lamentablemente había nacido tres meses antes de lo esperado y sus piernas nunca llegaron a desarrollarse como se suponía que lo hicieran. Aunque sabía que no iba a jugar, se aparecía en la cancha, uniformado y listo. Siempre lo acompañaba su novia, la única que nos hacía barra. En resumidas cuentas, ese era el equipo.
Estuvimos a punto de darles la victoria a los Empleados por forfait. Pero como igual ya habíamos perdido todo y no teníamos nada que ganar, decidimos morir en la cancha. Además, aún se veían nuevos los uniformes y los queríamos lucir.
Era una tarde de enero con clima caprichoso. De vez en cuando se despejaban los nubarrones y el suelo de la cancha se volvía un reflector atómico. Fuimos llegando uno por uno, mientras que el equipo de Empleados había formado un círculo en la mitad de la cancha y hacía calistenia.
Nos sentamos en el suelo una vez que estuvimos todos y alguien dijo unas palabras supuestamente alentadoras. Algo sobre divertirnos y hacer nuestro juego. Pensar en el equipo y todo lo demás. Ese tipo de palabras.
Goyo, el árbitro y el otro capitán tiraron una moneda al aire. El saque quedó para los Empleados, pero nosotros escogimos la cancha. Cada uno agarró su puesto y a los veinte segundos del pitazo inicial, nos cayó el primer tanto. Duro y frío balde de agua. Se cosieron a Matías y a Raúl con una trenza de tres pases, luego me bañaron con un centro y un viejo con pinta de ecuatoriano que era el delantero, no perdonó a Enrique. Un gol tempranero le baja los ánimos a cualquier equipo. Para nosotros era cosa de rutina. Miré las puntas de mis Adidas Samba Miillenium con resignación. Aún faltan treinta y nueve minutos con cuarenta segundos de tortura, pensé.
El segundo gol lo recibimos al minuto cuatro. Cometí una falta al borde del área contra uno de los vigilantes. Los de su banca lo llamaban Torito. Jugaba sin levantar la mirada y embestía contra todo lo que se le atravesaba. Pero no pudo pasarme, así que lo pisé y por si fuera poco, lo derribé con toda mi humanidad. Me sacaron tarjeta amarilla, pero valió la pena. El mismo Torito cobró la falta. De un zurdazo quemó a Raúl que estaba haciendo barrera con Goyo. El rebote originó un hueco por la derecha. Matías no le llegó al balón y tras una bicicleta de uno de los Empleados, quedó ridiculizado en el área de penaltis. Enrique ni vio el chute. La pelota estaba otra vez en el fondo de nuestra malla.
El tercero fue una acción de cabeza al minuto doce. Un pase con la mano al arquero y nuestra pésima comunicación dejaron que Torito pasara nuestra línea defensiva y rematara al estilo palomita con más suerte que decisión, abriendo su cuenta personal. Lo celebró haciendo vuelta canelas en mitad de la cancha.
El cuarto vino de parte del ecuatoriano cerca del minuto quince. Bailoteó desde su mitad de la cancha y dejó atrás a Raúl y a Matías. Trianguló con uno de sus colegas, que le centró el balón para pierna izquierda. Se encontró conmigo, pero me hizo un túnel y acomodó la esférica para su pierna derecha. Le quedó un poquito larga y le tocó disputar la jugada con Enrique, que salió del área para intervenir. El ecuatoriano le hizo un sombrerito de mucha clase y remató con un taquito sólo para lucirse. Enrique golpeó el suelo con los puños cerrados.
El quinto llegó casi en el veinte. Se generó un doble cambio en la alineación de los Empleados, así que había jugadores frescos en la cancha. Beto le gritó a Goyo que el equipo necesitaba un cambio. Goyo meneó[iii] la cabeza y le dijo que lo esperara para la otra mitad. Enrique hizo un saque de portería con la mano, pero lo hizo tan mal que la puso justo en los pies de un adversario. Goyo estaba solo en el punto penal de los Empleados, gritando que se la diera, pero nunca le llegó el balón. Raúl y Matías no tuvieron tiempo de devolverse y quedé yo solo contra tres. Se pasaron el balón todas las veces que les dio la gana y fusilaron a Enrique, que rozó el balón con un dedo, pero iba con demasiada malicia y potencia. No hubo nada que hacer.
Sonó el pito del primer tiempo. Por primera vez en mi vida, el tiempo me pareció un fenómeno piadoso. Caminamos hacia nuestra banca decepcionados. Goyo se puso furioso. Enrique ofreció disculpas por su error, pero agregó que tampoco nosotros lo estábamos haciendo tan bien que digamos. Raúl se quejaba de que Torito lo había lesionado. Yo estaba a punto de sufrir un paro respiratorio y me tiré de bruces en el piso. Goyo comenzó a dictar estrategias. Con la punta de una rama dibujó una cancha sobre la película de polvo que cubría el suelo. Trazó flechas y triangulaciones. Cuadró dos jugadas que según él eran letales. Todas culminaban con él marcando el gol. Enrique dijo que eso no servía para nada. Matías dijo que tenía una costilla rota. Yo no pude pronunciar ni una sola palabra y me acuclillé para recuperar el oxígeno. Raúl revisó en su bolso, del que sacó un termo grande con agua y luego una bolsa con un polvito color arena. Muchachos, dijo. Enrique y Goyo se insultaban al mismo tiempo. Muchachos, repitió Raúl, mostrándonos lo que tenía en cada mano. Todos hicimos silencio. Goyo borró su cancha de polvo con la suela del zapato y dijo ¿qué coño es eso, vale? Raúl acomodó una sonrisa electrificada en su cara. Su expresión era de la de los que intentan convencer a un montón de incrédulos. Esto es nuestro espíritu deportivo, dijo.
Destapó el frasco y volcó el polvo en el agua. Volvió a tapar el frasco y batió todo como un tetero.[iv] Se reía mientras lo hacía, lo que le daba aspecto de desquiciado. Ya está, dijo y volvió a destapar el frasco. Se tomó dos tragos grandes y se relamió los labios. Luego le pasó la botella a Matías. Esto te va a curar, le dijo. Matías miró el termo con desconfianza. Luego nos miró a nosotros y luego otra vez a Raúl. Es ahora o nunca, dijo Raúl. ¿Eres un perdedor o eres un ganador? Matías limpió el pico con la franela y se chupó un buen buche[v]. Lo paladeó unos segundos y lo pasó. Luego le dio otro trago más largo. Ya, ya. Ruédalo, dijo Raúl. Goyo le dio dos tragos y dijo que sabía un poquito a tiza. Después me pasó el frasco a mí.
Debo admitir que apenas probé el agua, los labios, la lengua y la garganta se me entumecieron. Sorbí una segunda vez y le extendí el frasco a Enrique. Yo no necesito esa mierda, dijo. Me encogí de hombros y estaba a punto de tomarme el fondito que quedaba, pero Beto me arrebató el frasco y se lo empinó completo. La novia le propinó un pellizco para que le dejara unas gotas. Así me gusta equipo, dijo Raúl. Esto nos va a dar ánimos, ya verán. Haremos historia. Es nuestra tarde. Otro día tienen que probar salvia divinorum x10. En pipa, con encendedor catalítico, dijo Raúl. Eso es el paraíso, equipo. Esto es apenas una golosina. Tardará un poco en hacer efecto.
[i] Jíbaro: es un término que se utiliza en Venezuela para referirse a un dealer, o vendedor de drogas ilegales a consumidores directos.
[ii] Veintiúnica: venezolanismo que se utiliza para referirse a una única opción, por lo general se usa en tono pesimista
[iii] Meneó: movió
[iv] Tetero: biberón
[v] Buche: trago
Tengo muy pocas cosas en claro, pero como había dicho Raúl, minutos después de la ingesta, aún no sentíamos nada. Nos pusimos a realizar estiramientos para evitar los calambres y ahí fue cuando todo se volvió denso. Nos invadió una comodidad extraordinaria y nuestras piernas comenzaron a responder a una fuerza mayor, como si se gobernaran por sí solas y no necesitaran del resto de nuestros cuerpos.
Cambiamos de cancha. Ahora el sol inclinaba sus rayos hacia nuestro hemisferio. Al fondo, en lo que parecía ser una enorme lejanía, había un horizonte naranja. Cada uno de nuestros rivales tenía un aura luminosa distinta. El ecuatoriano, por ejemplo, proyectaba sombras azules desde sus hombros y poseía un magnetismo indescifrable. Torito estaba metamorfoseado en un minotauro blanco y peludo y botaba humo por la nariz con cada exhalación. Uno de ellos estaba cubierto de hojuelas de escarcha. Daba la impresión de ser una capa de escamas tornasoladas y resplandecientes. Otro, el defensa, era una sombra sin forma. Sólo se le veían los ojos prendidos como dos agujeros en llamas. El portero era un muro, expandido e impenetrable. Aparentaba cualidades elásticas y gimnásticas. Recordé a Yashin, la Araña Negra de la Unión Soviética, cuando existía la Unión Soviética.
Sonó el pitazo.
Las ondas se fueron magnificando hasta que se tejió dentro de nuestras cabezas como una mágica red de campanillas. Luego vino una brecha de silencio. Armonioso, apacible.
Recuerdo haber visto muchos Matías idénticos y traslúcidos, uno siguiendo los pasos del otro a una velocidad inhumana por toda la cancha y sin rumbo fijo. Era un Matías y cada uno era una réplica del Matías una millonésima de segundos anterior. Hasta que lo tumbaron y todos los Matías se fundieron de vuelta con el Matías que estaba boca abajo, retorciéndose extasiado en el suelo.
En algún momento vi a Raúl petrificado en una esquina de la cancha. Lo imagine como una estatua de mármol, que extrañamente lograba ver a través de mí y que me decía que le pasara el balón sin necesidad de mover los labios. Pero yo no tenía el balón.
Sé que Beto nos decía algo desde la banca y que su voz se proyectaba intensa, nítida y agudamente como el canto de una ballena. Su novia se reía. Su expresión era de carcajada, pero no la escuchábamos. Recuerdo que chuté un balón nacarado y crujiente como la cáscara de un huevo, que explotó en mil pedazos de miles de colores y que todo se iluminó con chispas cósmicas.
Vi a Enrique lanzarse contra un balón suelto, asegurarlo en el pecho con sus brazos y luego arrojarlo hacia la mitad de la cancha como si se tratara de una granada de mano. Gritó algo que se reprodujo en miles de ecos hasta convertirse en un único sonido reverberante. Agitaba su brazo de un lado a otro. Podía estar despidiéndose o estar saludando. EL amarillo de su franela resplandecía bajo el solo e irradiaba una energía hipnotizante.
El balón seguía cayendo desde muy alto cuando vi a Goyo dar un brinco asombroso, volar por los aires, girar sobre su propio eje en cámara lenta, alinear su cadera con el balón que gravitaba en una especia de órbita, por encima de todo. Vi a Goyo patear el balón con gran potencia, con el efecto catapulta que se logra sólo cuando se está en pleno vuelo. Una chilena de colección. Irrepetible. Inolvidable. Vi el balón que se colaba en nuestra arquería, por debajo de las piernas de Enrique, que no entendía en lo más mínimo lo que nos pasaba.
Goyo celebró el gol con ahínco. Se quitó la franela para ondearla con una mano mientras correteaba la cancha, aunque no sé si su manera de desplazarse podía llamarse precisamente corretear. Creo que además de Enrique, yo era el único que se había percatado del autogol. Todos, incluyendo a Beto y a su novia, quienes se habían parado eufóricos de la banca; celebraron la jugada de Goyo.
En eso se acabó todo. El clima empeoró de repente y el cielo se encortinó detrás de unas nubes color plomo. Se precipitó un aguacero que espantó al otro equipo, a la mesa técnica y a todas las personas que estaban en las gradas presenciando nuestra hermosa derrota. Los únicos que se quedaron fuimos nosotros. Enrique seguía despotricando, pero ya todo había perdido sentido y nadie le prestaba atención. Beto comenzó a besar a su novia en los cachetes y en la frente. Le pasaba la lengua por toda la cara con los ojos desorbitados. Ella se reía, o parecía que se reía, mientras realizaba una especia de danza tribal. Matías, Raúl, Goyo y yo los rodeamos tomados de las manos. Hicimos un círculo en torno a ellos y los observamos durante horas. Se besaban con pasión y entrega. Era, ahora que lo pienso, un momento inigualable. De los que suceden en el mundo deportivo sólo una vez cada cierto tiempo. Inmediatamente el mundo y lo que lo componía, adquirió un matiz distinto, una cualidad estupenda, casi divina. La novia de Beto se quitó la franela y luego todos hicimos lo mismo, excepto Goyo que desde su máxima jugada estelar ya estaba como indio. Quise aclararles el pequeño detalle del autogol a mis compañeros, pero las cosas iban tan bien así que decidí dejarlo para después. Enrique se fue. A llorar o a mentar madres, daba lo mismo. El universo nos sonreía. Cada gota era un suceso. Un acto superior. EL agua nos purificaba y nos devolvía la sensación de estar siendo bendecidos. De un momento a otro paró de llover y en lo alto salió un astro gordo que nos hacía cosquillas con sus dedos de luz. Sentíamos que el calor penetraba cada poro de nuestra piel y encendía algo dentro, una especie de antorcha de fuego vivificante y devastadora. Levantamos la vista y le ofrecimos la cara al sol. Había algo milagroso en el aire, algo que nunca antes habíamos notado. Todo era más claro, más fácil, más ligero. Beto y su novia tenían las mandíbulas acopladas en un beso de película. Perdí la noción de tiempo y espacio.
No puedo hablar por los demás, pero después de ahí a mí todo se me puso en blanco.
Volví a mí y estaba sentado en un campo con grama. Estaba descalzo. El resto del equipo estaba a mi rededor. Todos, menos Goyo que se encontraba de pie estirando los brazos, estaban acostados sobre sus espaldas, maravillados con el cielo, con las hojas de los árboles, con sus propias manos. No sabía cómo había llegado ahí. En cierto momento tuve una revelación que a la larga perdió sentido.
La nota se disipó. La tarde también.
Aquel partido nunca se reanudó. Se suspendió y se dejó el marcador tal como estaba hasta que empezó a llover. Los equipos fueron clasificando y ganaron sus medallas y trofeos. Metalúrgica se coronó campeón, es todo lo que sé. Después de la facha,[i] no volvimos a ser los mismos. No mejoramos nuestro juego, pero tampoco fue que lo empeoramos. Nunca volvimos a inscribirnos en torneo alguno, pero seguimos practicando y jugando caimaneras[ii] semanalmente. A veces, cuando estamos de ánimo, nos da por usar el uniforme amarillo pollito.
[i] Facha: estado de ebriedad producido por las drogas
[ii]Caimanera: Juego deportivo informal e improvisado
Las Imágenes ocultas son pequeñas victorias
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